A estas alturas sería absurdo negarlo: gran parte de nuestra educación sexual –más allá del aspecto biológico y médico– viene de la pornografía, y más en las generaciones que crecieron en la era del porno gratuito en línea. Una de las verdades básicas de la conducta humana es que aprendemos de lo que vemos. Entonces, ¿qué pasa cuando nuestras bases vienen de un universo completamente ficticio? Hoy más que nunca, podemos tener acceso a contenido pornográfico con una facilidad antes extraordinaria: no tenemos que pagar por ella, tan sólo un celular es necesario para verla y básicamente podemos hacerlo en cualquier momento, mientras las circunstancias externas no nos hagan ver como unos enfermos mentales. Sin embargo, esta situación es, académicamente, demasiado reciente para saltar a conclusiones definitivas. Lo único que nos va a hacer entender lo que la pornografía hace con nuestras mentes es el tiempo. Pero eso no impide que la ciencia empiece a detectar patrones basados en testimonios.

Consecuencias de ver pornografía

Durante la pandemia, la pornografía se puso numéricamente interesante. En febrero y marzo de 2020, el sitio Pornhub reportó un incremento de tráfico de 24 por ciento, comportamiento que obedecía a los confinamientos en más de 27 países. Esta observación arrojó datos reveladores: el aumento principal de tráfico ocurría a las tres de la mañana y a la una de la tarde, lo que ha detonado teorías sobre una posible correlación entre los patrones de sueño alterados y el uso de pornografía, así como la disminución de productividad laboral. Otro factor a considerar es que, al estar en casa, las computadoras personales están accesibles prácticamente todo el día. Estas cosas sugieren que la pornografía desestresa y auda a lidiar con la ansiedad y la depresión, e incluso, satisface al ser humano en su búsqueda de conexión humana. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, y ver porno no es tan bonito como parece. El uso frecuente de pornografía causa alteraciones en la percepción corporal. Entenderlo viene de un hecho muy sencillo: las imágenes que consumimos moldean nuestros estándares de belleza, y para muchos, eso crea una especie de insatisfacción con la realidad y la calidad de nuestras relaciones. En un estudio reciente, se vio que los consumidores de porno con un índice de masa corporal superior a 25 se sienten inconformes con la calidad de sus relaciones románticas, en una medida superior a los que tienen menor índice. Esto obedece a que, si tus estándares de belleza son los impuestos por los actores de cuerpo perfecto que muestran los videos XXX, existen grandes posibilidades de que tu cuerpo esté muy alejado de lo que crees que debería ser y eso, obviamente, te hace sentir indeseable y genera problemas de autoestima. O peor, hace que el cuerpo de tu pareja te parezca insuficiente. Otra cosa a considerar es que el uso frecuente de pornografía puede causar problemas de satisfacción, provocando que se necesite una estimulación para lograr un orgasmo “en la vida real”. La regla parece indicar que mientras más porno consumes, más difícil es. En esto, sin embargo, se ha encontrado un efecto opuesto en mujeres adultas: un estudio mostró que las mujeres que consumen porno tienen orgasmos con mayor facilidad que las que no lo hacen. Y aquí un punto aterrador y científicamente incomprendido al cien por ciento: los usuarios de pornografía son más propensos a tener conductas agresivas en sus relaciones sexuales, ya sea como perpetuadores o como víctimas. Aún no se sabe exactamente cómo la pornografía moldea el comportamiento sexual, pero la agresión ha sido una constante en distintas investiagaciones. Y es fácil llegar a esta conclusión si tomamos en cuenta los escenarios que suelen plantear los videos porno (se estima que el 75% de los videos sexuales tienen alguna forma de agresión o dominación). De alguna manera, lo irreal se está convirtiendo en la norma para estas personas.

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